El chilango y la cháchara en tres tiempos

En la fuerza explosiva de la sobrepoblación, en la informalidad y el subempleo, en las formas insospechadas que ejerce una inmensa multitud —se cuenta por millones— en busca de la supervivencia, tal vez ningún ejemplo resulta más elocuente que el laberíntico bullicio de los tianguis capitalinos, donde se ofrece todo lo imaginable y es visible la radical transformación de los mercados que acompañaron desde sus orígenes a la historia de la ciudad, hasta llegar, entre rasgos apocalípticos, a este paisaje de la actualidad.

Santa Martha Acatitla

La mañana es candente desde que es oscura. Porque el tianguis comienza antes de que el sol salga. Con mercancía calientita que se reparte a la luz de unas cuantas lámparas y en la clandestinidad de una calle bien conocida. Mercancía recién robada. El incesante y vasto tianguis de cada miércoles comienza a abrirse. Todo lo que existe en el universo se encuentra en este lugar. No falta nada, Dios podría pasar lista y todos los objetos dirían: presente.

Kilómetros de mercancía, calles convertidas en un mercado que vende lo que sea. Llena se encuentra la avenida Amador Salazar. Algunos comerciantes tienden lonas gigantes que taparán a los marchantes del sol o la lluvia. Otros venden a pelo, sin nada que los proteja a ellos ni a su merca. Soportarán el voluble humor del cielo. Cuando el sol sale las cosas ya han cambiado, se nota el mismo movimiento incesante de un pocillo de agua hirviente, pequeñas burbujas en plena acción. Desde antes de llegar al tianguis ya escuchas la voz del merolico más famoso de los mercados chilangos. Esa voz gangosa que anuncia remedios contra todo y los describe con una gracia de enumerador del mundo:

—Ya no trabaja el páncreas, ya no genera insulina, pa’ que me entienda. Y si un páncreas ya no genera insulina, estamos en el abismo. En la calle.
—Hay gente que tiene la presión muy alta, por eso anda conque se marea, se cansa, y entre muchas cosas ya no se acuerda de nada. Tiene lagunas mentales, por la diabetes, por el azúcar…

El tianguis, al menos éste, podría funcionar como una vindicación del hombre moderno. Un escritorio para su estudio, teléfonos, faxes, fonógrafos, aparatos de radiotelefonía, cinematógrafos, iPhones, linternas mágicas, pantallas gigantes, Blue-rays, módems. Es un mercado apoyado en dos báculos, la ilegalidad y la disciplina de no faltar cada ocho días.

—¡Levántele, levántele, a ver qué le gusta, a ver qué le queda!

Para quien camina por estos laberintos el viaje puede resultar inútil. Aquí se encuentran Mahoma y la montaña. Montañas de ropa. Sobre Avenida Zaragoza lo único que se alcanza a apreciar es la costra de la herida, la superficie del mercado. Tablones sobre bases de fierro que sirven de aparadores. Señoras que avientan ropa hacia todos lados, que miran, valoran, aprecian una prenda y se la prueban por encimita. Prendas de marcas reconocidas a precios accesibles. O si es para el niño calculan a ojo de buen cubero si le quedará o no, pero la miran una y otra vez, y quién sabe qué pasa por su cabeza, parvadas de dudas antes de decidirse a pellizcarle algo al presupuesto diario. Aparadores improvisados de tallas únicas.

La voz del sabio médico sigue sonando, como si fuera la mismísima voz del mercado.

—Haga de cuenta que le están dando una nueva transplantación de vida. Haga de cuenta que le está dando más vida a su cuerpo, ¿por qué? ¿Qué me dice de un diabético? Usted sabe que ya no tiene fuerza, que ya no tiene energías, ya no trabaja igual, ya no camina, ya no corre, ya no está bien, en una palabra.

Mahoma moderno profetiza en medio de la vendimia.
El aire huele a mofle y a aceite quemado, donde se fríen las papas y las milanesas que van adentro de las cemitas. Y en el aire también es donde revientan las ofertas en forma de pregón.

—Un mantelito, una batita. ¿Cómo qué le damos, qué buscaba? Lo que le agrade, lo que le guste.

Tenis nuevos de marcas reconocidas. Este es un lugar que los basquetbolistas de los años noventa visitábamos para surtirnos de tenis. Lo tenían todo: tallas grandes, buenos precios y mercancía nueva y original. Aquí caían modelos de los tenis más recientes, modelos que ya no topabas en otro lado, supongo que sigue siendo igual. Hay ropa Adidas muy fashion, a precios accesibles y nueva.

—¡Cuatro pilas por cien pesos, cuatro pilas más chingonas que la Duracell!
Hay tepache, tacos de carnitas y tripa, ensaladas, cocteles de fruta, quesadillas, pescados fritos, mariscos, que son cocinados en un carro de súper, en ollas cochambrosas que seguro compraron aquí, porque venden sartenes, cacerolas, cafeteras, ollas, y todo lo necesario para armar tu cocina con trastes rescatados de la basura, trastes con historias de quién sabe cuántas hambres insaciables que ayudaron a combatir.

—Tacos de canasta de a diez, ¡siete tacos por diez pesos!
La única vez que lo recorrí puesto por puesto fue con mi amigo Luis. Tardamos ocho horas. Luis venía en busca de antigüedades baratas. Aquí a veces se pueden encontrar cosas invaluables por cinco pesos. Piezas de marfil, porcelana y algunos amigos joyeros me han contado que es normal encontrar oro. Así de generosos son la basura y el conocimiento. Mi amigo Luis venía porque tenía el firme propósito de hacer el Museo del Mundo. Juntaba piezas representativas de cada continente y las guardaba en sus respectivas cajas de cartón.

—De a veinte, Güerita. ¿A poco no le quedó?
Muchos jugueteros de los tianguis de Cuauhtémoc, del Rock Show y otros donde se reúnen coleccionistas, vienen regularmente a buscar joyas. Eso ha provocado que los precios suban de forma exagerada, ya nadie deja ganancias. Todos quieren vender como expertos, aunque se encuentran cosas baratas de repente. Hay que tener ojo.

—¡Tres vendas, diez pesitos, tres vendas en diez!
Estos mercados son la encarnación del esfuerzo que hace el consumo por alcanzarnos a todos. La música es otra voz que no se deja de escuchar a lo largo del viaje

—Adiós amor / me voy de ti / y esta vez para siempre / Me iré sin marcha atrás porque sería fatal.
El tianguis del Salado, el de los miércoles, el de Acatitla, el de Santa Martha o Santa Chancla, existe antes de las unidades habitacionales que lo rodean, antes de la plaza comercial y mucho antes que el Faro de Oriente. Desde esos tiempos casi bíblicos en donde sólo había polvo, desde que la Avenida Zaragoza no estaba pavimentada y casi sólo la transitaban chimecos.

—¡De a diez el quita-pelusas, diez pesooooos!
Hay condiciones sociales, económicas e históricas que nos obligan a ser un pueblo que sobrevive vendiendo. No importa si lo que vendes son zapatos viejos que quizá ya no aguantan otra puesta, o ya ni par tienen.

—Barato, te lo dejo en ochenta.
—¿Qué te doy, amigo?
La arquitectura de los tianguis es un tanto anarquista. Cada puestero decide el orden de su mercancía, aunque la mayoría de los lugares ya están otorgados por la tradición de cada semana, porque puede ser Navidad o fin de año, o el mismo Apocalipsis y el tianguis aquí estará. También hay una cantidad considerable de puestos que no tienen lugar fijo. Quizá sean más de diez mil puestos los que arman este laberinto mutable.

—¡Ahí está el amaranto, barra grande, barra gigante de amaranto de a cinco, de a cinco!
Si quieres venir a vender algo, hay que llegar temprano y buscar lugar cerca de la puerta del estacionamiento del centro comercial. Los de la fruta saben con quién es el bisne.
—Nomás sin arrebatarse, señito.
Los pasillos siguen el rumbo de un río que conforme avanza se desborda. Un mercado ambulante tiende siempre a crecer. Siempre hay alguien que recurre al comercio informal como salvación.
—¿Los luchadores de a cómo?

Rock show, el hambre y la nostalgia

Es un tianguis que se encuentra a un costado del Centro Cultural José Martí. A las siete de la mañana comienzan a tenderse las primeras lonas. Es un espacio que se abrió para que los freaks que leían cómics y estaban clavados en los videojuegos encontraran a sus semejantes. Si eso era posible. Y lo ha sido. Hay un tianguis interior. Que fue el primero, tiene foro, baños y un costo. Y hay otro extramuros. Que no pidió permiso, que la necesidad trajo hasta acá, con todo y sus integrantes. Que cada vez son más.
Este tianguis comenzó como un Libroclub, pero como sucede en todos los Libroclubes, no se paraba ni una mosca. Entonces la misión del club de lectura fueron los cómics. Y comenzó la desbandada. Todos los nerds tuvieron un espacio. Luego comenzaron las figuras de acción y otros artículos de primera necesidad para un coleccionista.
Hoy, la demanda de productos y el subempleo han provocado que el tianguis se desparrame más allá de los muros que lo contuvieron hasta hace poco. Ahora se extiende en las afueras de la salida del Metro Hidalgo.

Algunos con puestos tubulares, la mayoría de ellos con lonas. Muchos de los vendedores se rifan un viaje desde esos territorios que son parte del Estado de México. Chalco, Ecatepec, Nezahualcóyotl, Tláhuac. Muchos otros son coleccionistas que provienen de una clase más acomodada.

“Los pasillos siguen el rumbo de un río que conforme avanza se desborda. Un mercado ambulante tiende siempre a crecer.”

Aquí encuentras todo lo que tiene que ver con juguetes, figuras de acción, armas, vehículos, cómics, máscaras. Lo más perseguidos son los bootlegs. Pero hay personajes vintage que tienen hordas de fanes. James Bond, El Hombre Biónico, El Santo, Batman, Han Solo, Goku, y un chingo de personajes circulan todos los fines de semana de mano en mano.

Mujeres de setenta años que caminan parsimoniosas detrás de sus hijos que le piden a cada tanto que saque más billetes del pecho, hombres de cuarenta años que se niegan a renunciar a su infancia. Algunos son visitantes frecuentes o vendedores.

Algunos de los vendedores no son coleccionistas, sino responsables padres de familia que han encontrado un modo de sobrevivir completamente de este negocio. Lo que no es fácil, primero hay que aprender a reconocer los juguetes, de qué colección son, de esa colección cuál es la pieza más rara, cuántas versiones hay, si los jugueteros mexicanos hicieron su versión para los niños pobres. Y saber luego reconocer los materiales que corresponden a esa época, distinguir los que son reproducciones recientes, y por lo tanto sin valor.
Las reproducciones de Star Wars de los años ochenta, de goma, que se hicieron a partir de los moldes originales, por ejemplo, son correteadas como una mujer desnuda en una cárcel.
Los coleccionistas también viven de la cháchara.

Dos de abril

Es acaso el tianguis más pequeño de esta ciudad. Sólo abarca el espacio de un callejón, el de la Cerrada 2 de abril. Se forman tres o cuatro líneas de puestos. Entre Avenida Hidalgo y Santa Veracruz.

A las diez de la mañana se extienden las primeras mantas. Entre un teatro, el Blanquita, y la iglesia de la Santa Veracruz, se vende de todo. Todo lo que se puede, porque luego no se puede mucho. Playeras viejas, encendedores inservibles, cajas de cerillos a medio usar, playeras sudadas de la selección nacional, discos compactos que ya nadie escucha y quién sabe cuál será su futuro.

El paisaje de este tianguis es adornado recurrentemente por teporochos y homeless. Huele a mota casi todo el día. A mota y a suadero. Hay piezas prehispánicas, llenas de moho y tierra. Hay botas de alpinismo usadas, chamarras para subir montañas frías, pedacería de telefonía móvil, juguetes desangelados y cochambrosos que ya no sirven para nada. Hay pocos libros, pero también hay pinturas y grabados.

Kanan es descendiente de libaneses. Es famoso entre los chachareros. Su puesto está más pegado a Santa Veracruz. La voz de Kanan es rasposa, su piel está curtida de tanto andar en mercados ambulantes. Conoce materiales sólo de mirarlos, conoce perfectamente el origen de las piezas. A los objetos más raros les encuentra lógica, luego de escudriñarlos un rato con su mirada profunda. “Es lo mejor que tengo ahorita.” Me dice al mostrarme un encendedor Cartier. “Estoy pidiendo ochocientos pesos, pero ya lo que salga es bueno.”
Kanan es un alma sensible que gusta de la poesía y aprecia la estética de los objetos. Es un heredero directo

de aquellos españoles transas que vendían en el baratillo y nos dejaron la costumbre de comprar lo usado y darle oportunidad de otra vida, quién sabe si más digna.

 Fuente: La Razón/Adrián Román

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