Yves Bonnefoy: entre el arte y la poesía

Yves Bonnefoy ( Tours –París, Francia, 1923- 2016) fue, sin duda, una de las voces más grandes de la poesía francesa contemporánea. En México se hizo acreedor al Premio de Literatura en Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Como Mallarmé, como Eliot y como Valéry, Bonnefoy es un poeta doctus, al que la estructura sintagmática del discurso le atrae e interesa tanto como las distintas fases y momentos de su propio proceso intelectual.

Para él no basta con decir, porque, para decir, antes hay que saber y ese saber exige un pensamiento previo de las cosas: un conocimiento que sólo se produce en y desde y a partir del rigor. Medio siglo de creación poética desde su primer libro Del movimiento y de la inmovilidad de Douve ( 1954) hasta nuestros días, en que el poeta ha dejado hitos fundamentales como Hier régnant desert (1958), Récits en réve(1987), L’ Arrière-Pays (1972), Début et fin de la neige (1991), y Les planches courbes(2001). Sus libros de ensayos, traducciones (Shakespeare y Yeats sobre todo), lecciones magistrales en el Callège de Francia, sus escritos extraordinarios de arte, sobre Morandi, Mantegna, Cartier- Bresson, Georges Chirico o Giacometti, se han vuelto fundamentales para las nuevas generaciones de escritores y críticos de arte.

Su escritura debe tanto a los surcos del campo como a los estantes de las bibliotecas. Tras salir de su estudio parisiense, caminando juntos por Montmartre me dice: “ El único heredero posible del labrador es el artista”, y continúa “ la esperanza que deposito en el lenguaje es la que hace que parezca que no me intereso por los problemas contemporáneos. Mi reflexión, mi trabajo, consiste en dar prioridad a todo lo que puede ayudar de manera más radical y directa a mejorar la situación del mundo: no ataco los conflictos o debates del momento, uno a uno, sino que he optado por ir a buscar la raíz del mal: el desastroso empleo que nuestra modernidad hace del lenguaje”.

El lenguaje y su significado se han vuelto para Bonnefoy un límite y un cauce; esto es, que nos llevan al mundo, pero también nos alejan de él: terror e ilusión. Asombro y destrucción. “ Hoy sólo – me afirma el poeta – pensamos y hablamos de manera conceptual, es decir, sirviéndonos de nociones y representaciones generales, que nada saben del tiempo, que nos hacen olvidar nuestra condición de mortales, que muchas veces impiden comprender el valor del instante vivido. En otras palabras, hemos perdido el contacto con nuestra propia realidad, y desde luego, y nuestra realidad con lo que nos rodea. Ésa es la maldición que acompaña nuestra palabra y su significado”. Son muy necesarias estas apreciaciones para valorar una obra como la de Bonnefoy, poeta de un gran rigor expresivo y en el que apreciamos muy bien esa otra sensación de que el nuevo poema sólo se derrama a través de una especie de brecha. En Bonnefoy esta fidelidad a una palabra exclusivamente suya se nos muestra ya desde los primeros libros y particularmente desde esa figura -Douve- que tempranamente revela lo que muere. Quizá radique aquí esa lucidez extremada que muestra la poética de este autor, pues mediante una definición escueta y terrible nos dijo que “La materia de la poesía es la meditación de la muerte”. Late por tanto en sus versos un sentido de intemporalidad que no se compromete lo más mínimo con el presente. Al igual que para la tarea de traducir, Bonnefoy ha encontrado para su poética expresiones e imágenes muy lúcidas por finales, pero a la vez llenas de “oscuridades cegadoras”, como si las palabras del poema se las transmitieran “ángeles que hablan de un dios siempre desconocido”. Cito un poema de Bennefoy:

EL JARDÍN
Nieva.
Entre copos la puerta
Da por fin al jardín
De más que el mundo.

Avanzo. Pero al hierro
Roñoso se me engancha
La bufanda, y se rasga
En mí el paño del sueño.

Para Bonnefoy, el lenguaje no es una pulsión metafísica, inconcreta, en la que alienta lo inefable. Es vía de desvelamiento y de conocimiento, es mecanismo de aprendizaje, de asimilación – aun en sus desilusiones- y contemplación de la vida y del arte y territorio de la memoria. Estamos, por ello, ante la vida y el arte recreados en sus elementos más sintéticos y expresivos, a lo largo de una jornada, en un intento de depurar la experiencia cotidiana, hasta tamizarla con las distintas tonalidades de la luz, y cuyo resultado de este viaje inédito es su libro Les planches courbes.

Los poemas de Bonnefoy se mezclan entre una poética experimental muy visible y una formalización cercana a la estética del silencio, con versos cortos e intensos, que se manifiestan de manera especial en aquellos textos que parten de la evocación de una pintura. Ambicioso empeño que da lugar a una poesía híbrida: trabajada, a la vez, desde dos planteamientos ( lírica del sentimiento y de la experiencia; poesía más metafísica y esencialista). Pero sobre todo, son poemas imborrables, a veces esplendorosamente líricos, de descomunal belleza, a los que sólo cabe el calificativo de geniales y profundamente sabios – al igual que sus ensayos de arte -. Hay en su obra unas referencias literarias que no cabe ignorar. En primer lugar, la de su inicial adscripción al movimiento surrealista, con el que rompe pronto para evitar la esclerosis creativa y volver sin interferencias al caudal de la propia voz. Esta ruptura se verá sustituida por la influencia de otro mundo, el de la cultura italiana, particularmente la clásica y, dentro de ésta, la de los primitivos pintores de la Toscana. No es importante esta influencia a la hora de interpretar los poemas de Bonnefoy, el carácter que éstos poseen de simplicidad, de instantánea engañosamente detenida. Tampoco pasan inadvertidas las huellas de determinados autores que amó; unos, influyentes a través del campo de las ideas (Shakespeare), de ese lirismo tembloroso que a veces aflora en el texto hermético (los románticos europeos, Keats) y, sobre todo, por ese tono más recio, seco, existencial, que muestra su afecto por las obras de Leopardi o Yeats.

La pintura es un tema referente en su poesía, no como tema – claro es- sino como método o técnica. Su libro, La nube roja, que reúne textos de los años setenta y noventa, donde pasean Bellini, Mantegna, Tiépolo, Hopper o Mondrian. “ La mayoría de los poetas no comprenden bien la pintura”, dice Bonnefoy, aunque quizás, sólo se le equiparen John Berger y John Ashbery. Con todo, la obra poética y ensayística de Yves Bonnefoy – un clásico vivo – es producto de una sabiduría total, de dar sentido a los enigmas que lo rodean y que le ayudan a descubrir la intuición poética. ¿ Qué es la poesía?. “ Es aquello que quiere – afirma – liberar las relaciones entre los hombres de los prejuicios, ideologías y quimeras que los empobrecen”.

*Parte de esta revisión es parte del libro El instante de la memoria. Miguel Ángel Muñoz publicado por Editorial Praxis, México 2013.
Fuente: La Razón/Miguel Angel Muñoz

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