Terror profundo: pieza de falso documental

Para cerrar el cada vez más largo verano fílmico, que ha resultado un tanto decepcionante —plagado de fallidas y olvidables secuelas—, llega una película menor que pareciera hacer honor a su nombre y deja el terror en lo más profundo de la mediocridad de su propuesta.

Antes parecía que el cine denominado found footage —es decir el que es de ficción pero presume estar hecho a base de material audiovisual casero encontrado— estaba destinado a permanecer en el circuito de la serie b y lo alternativo, sólo sorprendiendo de vez en cuando con alguna propuesta transgresora o sumamente propositiva, dígase películas como Holocausto caniibal, de 1980, y por supuesto El proyecto de la bruja de Blair, de 1999.

Sin embargo, a partir del estreno de esta última el formato ha sido explotado hasta el cansancio y salvo algunas muy interesantes producciones, que han apostado por mezclar géneros —como las divertidas e ingeniosas Entrevista con unos vampiros y Operación avalancha—, hay muy poco que se puede rescatar, incluyendo franquicias tremendamente aburridas pero inexplicablemente exitosas como Actividad paranormal, o la que hoy nos ocupa, Terror profundo. Y esto es una verdadera lástima, pues la idea de retomar a los tiburones como fuente del miedo y llevarlo al campo del falso documental no sonaba nada mal.

La película que fue proyectada en la Midnight Express del reciente festival de Sitges, sigue los pasos de dos hermanos que junto con la novia de uno de ellos viajan a Australia para vivir la experiencia de bucear con tiburones y registrarlo todo para adicionar en un programa de televisión enfocando en prácticas extremas. Hay un accidente, el bote se voltea y quedan en medio del océano, rodeados de los ya mencionados escualos y lo impredecible del clima. Ése es el punto de partida, los ingredientes son ideales y están listos para dar rienda suelta al temible espectáculo, dejando que, como en otras ocasiones, la desesperación sea otro de los principales enemigos de los personajes.

Sin embargo todo se pierde entre la tibieza del desarrollo y la falta de claridad de los objetivos, pues el debutante director Gerald Rascionato —quien también se hace cargo del guion—, es incapaz de encontrar las posibilidades del uso incidental de la cámara, cayendo en convencionalismos, dejando que los puntos de tensión se diluyan y nunca logren explotar en el momento adecuado.

Por si fuera poco, los actores que de inicio se muestran capaces de reproducir la naturalidad necesaria para hacer funcionar el formato no logran salir avante de situaciones mal preparadas, en las cuales la imprudencia hace que rayen en el humor involuntario. Incluso el agregado de un enredo emocional entre ellos queda como algo anecdótico.

En cuanto a la amenaza que representan los tiburones que deberían ser los otros grandes protagonistas, ésta es constante y se construye bien, pero, salvo algunos sobresaltos, se aprovecha muy poco y uno se queda deseando que hubieran devorado más pronto a los protagonistas. Una película que queda sólo como curiosidad y que ofrece uno que otro momento entretenido.

Fuente. La Razón/Jesús Chavarría

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