De gobiernos divididos y gobiernos de coalición

Los gobiernos de mayoría dividida son el mecanismo de pesos y contrapesos que la ciudadanía instrumenta a través de su voto para obligar a que los poderes tengan que negociar y se llegue a los mejores acuerdos.

Esto es, al no contar el partido político del Ejecutivo con mayoría absoluta en el Congreso, las fracciones parlamentarias están obligadas a negociar y conformar alianzas para determinar el rumbo que debería seguir el país.

En el México de los 90 del siglo pasado, este fenómeno se vivió con singular intensidad acompañado siempre de la amenaza proveniente de los poderes de que esto generaría parálisis institucional provocando ingobernabilidad. Dos décadas más tarde, y si bien los gobiernos divididos no dieron el resultado esperado, tampoco se materializó la tan temida ingobernabilidad y la parálisis institucional fue superada por las facultades constitucionales de las que disponen los poderes, por lo que los gobiernos divididos fueron entendidos como una evolución político-institucional. Sin embargo, los problemas que enfrentamos desde hace 20 años no sólo persisten, sino que se han agudizado, de forma tal que ahora se les pretende resolver a través de la creación de gobiernos de coalición, es decir, atenderlos por medio de otra apuesta a la evolución político-institucional.

El 10 de febrero del 2014 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el decreto que posibilita la integración de gobiernos de coalición. El gobierno de coalición no es más que un acuerdo entre las élites políticas que tienen una meta común y en el que se diseña una serie de políticas públicas con el objetivo de captar votos. En otras palabras, el agua y el aceite sí se mezclan, y no a través de la ideología, sino como maximizadores de votos. La promesa de un gabinete plural, en caso de que la coalición resulte triunfadora, asegura el cumplimiento de los acuerdos de las partes coaligadas tal y como los piratas se transformaban en corsarios, que era con el incentivo de la repartición del botín y la autorización de su majestad. Pero seguían siendo piratas bajo otra piel.

A 20 años de vivir con gobiernos divididos, se apuesta ahora por un gobierno de coalición, a fin de conjurar la tan temida ingobernabilidad o subsanar el déficit de gobernabilidad que, nos aseguran, sufriremos de llegar el nuevo presidente con tan sólo un tercio de los votos. Esto es, la apuesta sigue siendo el considerar que los problemas del país se resuelven con consensos de fabricación en torno a modificaciones y cambios de ingeniería institucional, lo que presumiblemente nos llevará a desaprovechar otras dos décadas para darnos cuenta de que, una vez más, erramos el camino.

En los días de canícula, la serpiente cambia de piel.

Fuente: El Economista/Felipe Chao Ebergenyi
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