La reinvencion de los zombis nacio en una noche cantinera

Tras concebir la idea el cineasta no paró hasta conseguir dinero para financiar el proyecto; sus personajes “pop” fueron una crítica politizada sobre la desigualdad social

Con la de Romero comienzan a extinguirse las luces de los jóvenes cineastas estadounidenses que en los años sesenta, desde las escuelas y de la experiencia (principalmente laboral), soñaron con participar en una industria de cine que les beneficiara en serio, pero también de un cine que expresara sus deseos, sus temores, su mediocridad y sus yerros, a partir, exclusivamente, de elementos a su alcance: presupuestos, ideologías y duelos propios de su clase económica, de sus rasgos étnico-políticos que se exacerbaban en los restos de ciudades devastadas emocionalmente por lo que significaba la Segunda Gran Guerra.

Woody Allen, Peter Bogadonovich, Francis Ford Coppola, William Friedkin, Denis Hopper, George Lucas, Martin Scorsese, Steven Spielberg, George A. Romero volvieron a recomenzar la historia de Hollywood desde sus casas, en la domesticidad del retrato de barrio, en la búsqueda de un tono autoral deliberado, sí como se los enseñaron a entender los franceses de la Nueva Ola, pero también sus desmesurados connacionales, antecesores y contemporáneos a la vez, Orson Welles, John Cassavetes y Stanley Kubrick.

Espectadores sensibles todos ellos, hicieron suyos el espíritu procaz de las manifestaciones políticas contra la guerra, a favor de la equidad, El camino de Keruac, El aullido de Gingsberg y El almuerzo de Bourroughs; suyo el poder del canto desatinadamente exacto y la gloria mustia del Nobel Dylan. Y ese mundo es el que también se va esfumando con George Andrew Romero, hijo del Bronx y la migración, legítimo heredero, además, de la tradición de los monstruos nítidos de los años 30, así como de la monstruosidad errática de Ed Wood.

Romero, su guionista John A. Russo y todos sus creativos colaboradores, tan ambiciosos como minuciosos, abrieron quizá la más lúdica y lúcida puerta marcesible a la representación de mundo que desde el cine se balbuceaba como juegos de espejos bien sofisticados. Los viejos vaqueros se motorizaban (Easy Rider, Hopper, 1969) o eran devorados por la metrópolis (Midnigth Cowboy, Schlesinger, 1969), la vieja comedia se autoflajelaba (Take the Money and Run, Allen, 1969) o moría de inanición autorreferencial (A King of New York, Chaplin, 1957), lo mismo con los seriales de aventuras de ciencia ficción atrapados en la televisión hasta que Lucas los redimensionó hasta la náusea, y así.

Era el tiempo de los jóvenes cineastas. Todo se desempolvaba para volverse a vender en Hollywood, hasta los muertos. Fanáticos Romero y Russo de la década prodigiosa de los monstruos de la Universal, aburridos de manufacturar comerciales monótonos y aglutinantes para el cine y la televisión, una noche cantinera surgió, entre juegos, la línea argumental de La noche de los muertos vivientes.

No pararon hasta conseguir un módico financiamiento, reunir a ratos costeables al reparto, y trabajar con la mejor película de 35mm que pudieron comprar, pues querían conservar, en el fantástico teatro de sombras que también es el filme, el olor a celuloide de las viejas películas de terror que tanto les gustaban, pero no solamente eso.

De camino a la farsa gore, producto consumible masivamente sin dolo, los creadores de estos voraces cadáveres dieron con la alegoría manifiesta de la familia, la actitud social frente al debate de los derechos civiles, y de paso frente a la pacificación y las manifestaciones juveniles.

Un banquete politizado disfrazado de “inocente” cine popular, un logro que toda la generación acabaría por emular sin tanta eficiencia. Ése y no otro es el verdadero muerto que revivió Romero, un muerto incomprendido, rebelde sin causa, insaciable, propicio para cualquier clase de tortura física, pretexto para cualquier injusticia social y al que hay que eliminar de una certera herida en la cabeza.

Antenoche (domingo 16 de julio) murió aquel que, a través del prodigio del cine, puso a caminar a los muertos como una advertencia para los vivos inertes, otro mensaje exacerbado que nos llegaba, intermitente, desde los años 60.

 Fuente: La Razón/ Praxedis Raz
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