La lumbre que duerme en el rescoldo

En el apogeo de la promesa inspirada por la Revolución Sandinista, este rescate periodístico de convicción y esperanza. Iniciamos con el prólogo del autor de Margarita, está linda la mar al libro de Gabriela Selser: Banderas y harapos. Relatos de la revolución en Nicaragua, un testimonio que no ha llegado a librerías en México y se presentó en la pasada FIL de Guadalajara.

Entre los libros clandestinos que un adolescente se imponía leer en la Nicaragua de los Somoza, el que más marcó mi vida fue Sandino, general de hombres libres, de Gregorio Selser, el periodista argentino que se volvería para mi generación un personaje mítico. Lo conocí por fin en La Habana, cuando los dos fuimos miembros del jurado del Premio Casa de las Américas de 1978, un año lleno de ansiedades y desasosiegos, próximo como estaba el fin de la dinastía a la que Selser tanto había combatido. Y ya fuimos amigos para siempre.

Triunfó la revolución y su hija Gabriela se vinculó de inmediato a Nicaragua. Se vino desde México, donde los Selser vivían para entonces su exilio tras el golpe militar de 1976 que encabezó Videla, para meterse de cabeza en el turbión de la revolución que arrastraba a gente de todo el mundo y cuándo no, a una muchacha que había sido amamantada en la prédica sandinista, por el mejor maestro que alguien pudiera tener.

En este libro de memorias, Banderas y harapos, Gabriela Selser cuenta su vida en la revolución con una prosa de envidiable exactitud y hermosura, acudiendo a la cauda de sus recuerdos de alfabetizadora adolescente primero, y de periodista juvenil después, dos maneras que tuvo de entrar en una historia cuyos orígenes su padre conocía como pocos. Y lo hizo desde el día mismo de bajarse del avión que la traía a su nuevo país desconocido, suyo ya para siempre, testigo privilegiada en adelante de los dramáticos acontecimientos que sacudirían a Nicaragua cada día a lo largo de toda una década que asombró al mundo.

Gabriela Selser cuenta una historia personal, y ese es su mejor atributo. La historia que nace del recuerdo de las vivencias directas, de la relación con los seres humanos que como protagonista pudo ver y tocar, seres de todas las condiciones y tamaños, protagonistas de la hazaña que era la revolución. Su relato se aleja del discurso, sea este discurso favorable o contrario a unos hechos que hoy, para alguien que los vivió, sólo merecen ser contados desde la lumbre que brota del rescoldo de la memoria, y no de los prejuicios.

Banderas y harapos es una mezcla atractiva de prosa periodística, directa y acerada, y prosa literaria, evocadora y nostálgica. Pero si hay una juntura entre ambas, es la gracia y la ironía que entrevera el relato, con lo que bota toda carga sentimental. Como deben hacerlo los escritores de oficio, la autora ensaya un procedimiento narrativo y comienza contando su historia desde atrás, regresando al origen de su universo personal, que para ella son los gruesos tomos de la colección del diario Barricada, ya desaparecido como tantas cosas borradas por el olvido inclemente. La sala de lectura de la biblioteca del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, en la Universidad Centroamericana (uca) de Managua, es la llave de este mundo perdido, pero no agotado. Ahora estamos en el presente despiadado. Las banderas de la revolución se volvieron en la calle, harapos.

Y ella vuelve a esa sala cada tarde a abrir esos tomos, no porque haya olvidado, sino porque quiere ponerse otra vez frente a sus recuerdos, como quien se asoma al espejo de los días. De los años. Volver al ayer encantado desde el presente desconsolado.

Recuerdo a la Gabriela de aquellos años, vestida de verde olivo, las botas de cordones, el cabello rubio bajo la gorra de trapo, como debían andar los corresponsales de guerra de Barricada, que era el periódico de la revolución. Y el mejor mérito de un corresponsal de guerra era exponerse a todos los riesgos para ganar el mejor reportaje, o la mejor fotografía. Los hechos bélicos sobraban, pero no las oportunidades, que había que ganárselas, como ella lo vivió, y lo cuenta. Ganárselas en base al arrojo, a la decisión de saltarse las trancas burocráticas, subirse a un camión militar en marcha, a un helicóptero artillado. Y tantas veces, ganárselas en base al ingenio.

No hay nada extravagante aquí, o que pueda ser juzgado fuera de lugar. La precisión viene de la veracidad de los hechos contados, de la cercanía del peligro, de la manera de asumir el riesgo, a veces con temor, a veces con irresponsabilidad. De la ingenuidad y del asombro. Nadie es sabio ni reflexivo a sus veinte años, sobre todo si se está participando en la doble tarea de voltear el mundo al revés, y a la vez dar testimonio del gran incendio que surge con el empeño de querer voltear el mundo al revés.

Pero es en este encadenamiento de hechos contados como van sucediendo, y como son recordados, que la lumbre de aquel gran incendio, que yace en los rescoldos, es capaz de arder de nuevo. La mujer de ahora, curtida de recuerdos, ve en las viejas páginas del periódico en el que hizo sus armas, a la muchacha osada de entonces, y piensa que no se cambiaría, que volvería a ser la misma, a hacer lo mismo, bajo el inmenso palio de sueños y promesas que la revolución abría bajo el sol, no sólo para cubrirla a ella sino a miles como ella.

Este relato está escrito frente al espejo, de la manera en que un protagonista debe saber verse, como era entonces, y no como pudiera corregirse ahora. Los peores libros de memorias son aquellos en que el que cuenta pretende ser visto no como fue, sino como llegó a ser luego, cargado ya de los desencantos que sólo la edad futura pudo traer después. Como si desde el principio hubiera sabido todo lo malo que iba a ocurrir. Este desencanto, así transmitido, sólo termina por desencantar al lector.

Banderas y harapos es una pieza de toda esa máquina de relatos que está por armarse para que la época de la revolución cobre vida plena; relatos de alfabetizadores, cortadores de algodón y café, brigadistas de salud, activistas de barrio, combatientes. Y quienes pelearon del otro lado, también deben contarnos sus propias historias. Una historia completa, como un mosaico, en la que cada quien ponga de por medio su historia leal, y real, la historia de su propia vida, como lo hace en este libro Gabriela Selser.

No hay otra manera de contar la Historia con mayúscula, que a través de las historias con minúsculas. Y aquí está este libro lleno de nostalgias vivas que renacen en la lumbre al soplar los rescoldos. Con la frialdad de la muchacha corresponsal de guerra que vuelve a amarrarse las botas, y la pasión de la adolescente que al bajar del avión en febrero de 1980 va a encontrarse con un país donde todo empieza, entramos en un universo personal que viene a ser el universo compartido, años y desilusiones después.

Pero es el universo. Es el pasado que duerme en los viejos tomos de una colección de periódicos devorados por el olvido, y a cuyas páginas es necesario volver para que otra vez la memoria del testigo cobre vida.

Fuente. La Razón/Sergio Ramírez
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