Presencia de policías y militares abate venta y precio de gasolina robada

Muchos de los que iban por el combustible robado cada semana han dejado de hacerlo, así que ha sido difícil encontrar a un cliente de los expendios que aún quedan, dice un joven de 23 años

“Son muchos riesgos, la policía, el Ejército, ahora vigilan hasta con helicóptero“, por eso la gasolina robada cuesta 12 o 13 pesos, rebasa el 70 por ciento de su valor de mercado cuando antes el litro de huachicol costaba la mitad.

Parece que la era del huachicol se está acabando. Cada viernes, poblanos iban a llenar el tanque a la periferia de la ciudad. Todos sabían que era combustible robado. Los clientes poblanos y huachicoleros habían normalizado este tráfico de combustible robado.

“Los clientes se han reducido”, afirma un chico de 23 años de edad, receloso, cauto, y dice en tono molesto que todo se debe a los que no saben extraer, provocan chispas y explosiones en los ductos.

Tiene razón en cuanto a la caída de la demanda, la idea de acompañar a un poblano a cargar huachicol ha tardado mucho en materializarse. Muchos de los que iban por el combustible robado cada semana han dejado de hacerlo, así que ha sido difícil encontrar a un cliente de los expendios que aún quedan.

Ahora, con las fuerzas federales operando en el triángulo rojo, las comunidades ya no están tan dispuestas a participar, asevera el muchacho que hace de despachador.

El huachicol ha comenzado a escasear en Puebla y la industria complementaria también. Los vendedores de huachicol dicen que ya nadie quiere rentar su camioneta para trasladar el líquido (una forma de ingreso que se volvió común en muchos poblados). Los dos que despachan en el expendio al que acude Crónica acomodan tres bidones de 20 litros.

El muchacho más joven tal vez no terminó la secundaria; cómo saber, si evade las preguntas, pero no debe tener más de 16 años. Está listo para escuchar cuántos litros debe vaciar de los bidones a los tanques o entregar en garrafas. Nada más parece estar dispuesto a hacer por los hoy escasos clientes.

—¿Estudias?

—Que te conteste él —dice señalando al que podría considerarse su jefe.

El lugar es de 4 por 4 metros; podrían ser una casa, un bodegón, un almacén. En realidad no tiene forma definida. Escasea la luz y hay un penetrante olor a combustible. Estamos  en Amozoc, uno de los vértices del triángulo rojo a 25 kilómetros de la ciudad de Puebla.

En la calle, alumbrados lejanos, pavimentos agrietados, la tierra asoma por la delgadísima capa de pavimento y perros en sintonía a la ocasional llegada de coches.

Huele como a gasolinera, pero encajonada. Da miedo oler. Es olor a peligro por las condiciones en que se maneja el combustible, olor a necesidad, dicen, pero también huele a lucro de automovilistas y camioneros que se trasladan desde Puebla para comprar a las sombras de la noche…

En una gasolinera, el gasto en gasolina de esta noche equivaldría a 750 pesos aproximadamente. En este sitio, el gasto se redujo a 500 pesos.

Los pesos de ahorro, a los que hay que descontar el desplazamiento de 50 kilómetros que implica consumir 5 litros de gasolina, se suman a la adrenalina por burlar la vigilancia. Eso es gratis.

Durante este año, fuerzas militares y policiacas estatales han decomisado 2 millones 700 mil litros de combustible y 49 presuntos huachicoleros han sido presentados ante la Procuraduría General de la República.

Los vehículos asegurados suman 50 y una docena de camionetas quedaron achicharradas por explosiones provocadas por los llamados chupa ductos. Al menos dos de ellos fallecieron calcinados.

—No preguntes más— indica el jefe.

—No vaya a venir la policía y ¿con qué pago mi salida? –secunda el más joven.

—Esto ya no es como hace unos meses.

—¿Cuántos meses?

—Y todavía hay movimiento de huachicol, pero no aquí…

—¿Dónde hay movimiento todavía?

—Pues más arriba; en Tepeaca, Palmar de Bravo, Acajete.

—¿Conoces allá?

—No, no se puede, no entra nadie que no conozca a los jefes.

—Aquí hay que esperar hasta que surtan algo o comprar sobre la carretera a Veracruz para revender —dice el más joven. Parece que hemos comprado huachicol de reventa.

Dejamos el intenso olor a gasolina.

COMPRADORES OCASIONALES. Juan Pablo es cliente de huachicoleros desde hace unos 4 meses.

—¿Llegas así, como si fueras al súper mercado o una gasolinera?

—No. Me llaman por teléfono cuando tienen gasolina y si la necesito pues me dicen la ubicación y la hora o les aviso que traigo tanque lleno, para que busquen más compradores.

—¿Entonces no cualquiera puede ser parte del club?

—No. Ellos se protegen.

—¿Es cierto que la operación se realiza después de media noche?

—Sí. La verdad es que he venido a las 2 o 3 de la mañana.

—¿Vale la pena? El traslado, la desvelada, la posibilidad de ser descubierto por la policía e incluso perder la libertad.

—Ya no tanto… subió mucho el precio, además hay un poco de desconfianza.

—¿Por qué?

—Andan diciendo que la gasolina trae agua y tierra porque la recogen de los derrames. A la larga creo que los vehículos se van a afectar.

Juan Pablo afirma que ha reducido su demanda del producto, igual que algunos de sus conocidos.

Rumbo a Puebla, se ven vehículos llegando a Amozoc. Con conductores titubeantes, en espera de no encontrar vehículos de la policía o el Ejército. “Pero eso casi nunca pasa”, confía Juan Pablo.

Los clientes, como dicen el vendedor y Juan Pablo parecen haberse reducido.

Quién sabe si la próxima llamada telefónica Juan Pablo venga por su carga, quién sabe si lo busque su vendedor.

En los otros vértices del huachicol, la historia de Amozoc debe parecerles lejana. Al cierre de este trabajo, bandas organizadas hicieron una nueva perforación en ductos de Pemex en San Francisco Tláloc (como hace una semana) y dejaron fluir el combustible para que una centena de pobladores lo recoja.

Fuente: La Crónica/Arturo Muñoz

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