“Prefiero diez lectores fieles a un millón impulsado por popularidad”

El autor Israelita asegura que escribe cuentos para que las emociones se acomoden de manera precisa; sus personajes muestran sus miedos, afirma

Está de visita en México el cuentista Etgar Keret (Tel Aviv, Israel, 1967) en la promoción de su más reciente libro de cuentos Tuberías (Sexto Piso, UNAM, 2017). Keret es, hoy por hoy, el escritor más popular entre los lectores jóvenes de Israel. Sus libros han sido traducidos a más de 15 lenguas. Sus historias son el puntal de unos cuarenta cortometrajes y de varias obras teatrales. Empezó a escribir en 1992 y, hasta la fecha, varios galardones internacionales (Book Publishers Association’s y el Ministry of Culture Cinema Prize, entre otros) confirman la calidad de su trabajo narrativo y cinematográfico.

En México la editorial Sexto Piso ha puesto en circulación Extrañando a Kissinger (2006), Pizzería Kamikaze y otros relatos (2008), Un hombre sin cabeza (2010) y De repente un toquido en la puerta (2012), los cuales han tenido muy buena recepción entre los lectores y de la crítica especializada. Muchos explican que el fenómeno Keret descansa en la simpatía que despierta su obra, principalmente entre los jóvenes y, al mismo tiempo, debido a la rigurosidad de su labor; críticos, reseñistas, cronistas culturales y lectores comunes confirman los valores de un relator que posee el paradójico don de estar en la lista de los más vendidos y, a la vez, ser objeto de estudio de la academia.

“Escribo cuentos cortos para que las emociones se acomoden en un espacio preciso, con urgencia y con decisiva prisa. Mis personajes se desnudan frente al lector sin mucho rodeo en un intercambio de miradas y gestos en que la complicidad es determinante”, comentó en entrevista con La Razón el autor de Los siete años de abundancia.

¿Cómo se siente usted en México, una plaza donde sus libros son muy populares? Lo popular es muy sospechoso y, asimismo, muy estimulante para un escritor; pero, prefiero diez lectores fieles que conversen con mis personajes en la intimidad a un millón impulsado por esos factores de la popularidad, que pueden ser muy suspicaces.

¿De qué manera funciona el humor en sus historias? En realidad escribo cuentos que son muy tristes. Mis personajes muchas veces habitan la decepción, el abandono, el engaño, las frustraciones, la orfandad… Es posible que el humor, o incluso la ironía, del narrador sea una vía de escape, una manera de salvación: eso supongo.

Percibo, desde el punto desde vista formal, cierta cercanía con narradores estadounidenses… Sí. He sido un fiel lector de Hemingway y Carver, por ejemplo. La narrativa norteamericana estuvo y está muy cerca de mi actividad. En mi generación la literatura que venía de Estados Unidos era bien recibida: leímos con fervor a Faulkner, Dos Passos, Fitzgerald, Carson McCullers, William Styron, y otros.

Chéjov es un modelo para cualquier cuentista; sin embargo, parecería que usted es un antichejoviano… Chéjov susurra, yo prefiero gritar. Disfruto mucho como lector esas elucidaciones dramáticas del narrador y autor teatral ruso marcadas por lo lenitivo, son páginas de una gran belleza. Pero mis personajes siempre están en desbandada, no son nada chejovianos.

Ha configurado un cosmos en que el recelo, goces mínimos, enigmas de la conducta humana tienen resonancias en los lectores… Mi intención ha sido presentar una realidad deformada donde los personajes muestran sus miedos, manifiestan sus deseos y se conforman con pequeños placeres. Hay en todos esos ademanes algo recóndito que pretendo develar en mis historias.

El gordito (fragmento)

¿Sorprendido? Pues claro que estaba sorprendido. Sales con una chica. Una primera cita, una segunda cita, un restaurante por aquí, una película por allá, siempre en sesiones matinales, exclusivamente. Empiezan a acostarse, el sexo es espectacular y después llega también el sentimiento. Cuando de pronto, un buen día, viene a ti llorando, tú la abrazas y le dices que se tranquilice, que no pasa nada, y ella te contesta que ya no puede más, que tiene un secreto, pero no un secreto cualquiera, que se trata de algo tenebroso, de una maldición, un asunto que ha querido revelarte todo este tiempo pero no ha tenido valor para hacerlo. Porque se trata de algo que la oprime constantemente como si de un par de toneladas de ladrillos se tratara. Algo que te tiene que contar, porque tiene que hacerlo, aunque también sabe que desde el momento en que te lo revele la vas a dejar, y con razón.

Fuente: La Razón/Carlos Olivares Baró

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