«La ignorancia es el principal enemigo del tiburón blanco»

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Nadie en medio del mar soportaría escuchar los cellos de John Williams sin sufrir un ataque de pánico ante un tiburón imaginario. La película de Steven Spielberg en los años 70 echó a tantos bañistas de las playas como a espectadores de las salas de cine, aterrados por un animal soberbio convertido en monstruo asesino de ficción. Ese miedo generacional tuvo un efecto distinto en Mauricio Hoyos, a quien le detonó un amor profundo e incondicional como para definir su vocación de vida.

Si en algunos espectadores el tiburón de Spielberg produjo selacofobia, que es el miedo irracional ante un ataque de estos animales, en Hoyos nació el interés que lo llevó primero al estudio, después a la investigación y, de manera inevitable, a la preservación de esta especie.

Cuando este biólogo marino recuerda ese amor a primera vista por el tiburón blanco, lo hace con la emoción de un cinéfilo: evoca la majestuosidad anatómica del animal, las hileras feroces de dientes y esa espectacularidad fantástica que emociona y repele. Pero la descripción pronto da paso a la explicación científica de alguien que entendió que estudiar una especie, cuya mala reputación ponía en riesgo su existencia, también hacía necesario preservarla.

Hay que entenderlos

Hoyos ha trabajado de manera incansable por cambiar la percepción del tiburón blanco que ha expandido el cine como un depredador insaciable de seres humanos.

El principal enemigo del tiburón es la ignorancia, dice este biólogo marino. Tratamos de revertir esa percepción negativa con investigación, porque uno no va a proteger lo que no se quiere. Para eso hay que entenderlos. Mucha gente piensa que son animales malos y que no deben existir en el planeta.

El ser humano no es alimento natural del tiburón blanco. Hoyos agota argumentos para combatir este mito tan extendido. Tener miedo de un ataque de estos animales –dice con la impaciencia de quien ha aclarado esta creencia en cada conversación– es tan racional como quedarse encerrado en casa por el miedo a ser alcanzado por un rayo. Incluso asegura que es más fácil morir por un tostador defectuoso que por una tarascada de este depredador marino.

Hay accidentes, no me gusta llamarlos ataques, pero ocurren por la confusión del tiburón, cuenta. Muchos suceden con surfistas; para un tiburón que mira desde abajo la tabla de surf y los brazos aleteando, lo que ve es una foca. Entonces muerde, pero cuando se percata de que no es la presa, lo suelta. Claro, para esto ya le arrancó la pierna, porque la fuerza de la mordida es de casi dos toneladas por centímetro cuadrado. Eso se llama error de identidad”.

Pero incluso cuando imparte pláticas de divulgación científica para revertir las aberraciones imaginarias contra los tiburones blancos, Hoyos suele empezar con el relato de Spielberg. Todos los que lo escuchan asienten convencidos de que hablan de un asesino serial con aletas. El truco es confrontarlos con la evidencia científica. Cuando comprenden la realidad de esta especie ante la mitología que se ha construido a su alrededor opera un cambio profundo.

Foto

Mauricio Hoyos durante la entrevistaFoto Carlos Ramos Mamahua

Entonces el relato de Hoyos tiene una misión pedagógica. Explica la importancia de México en la biología del tiburón blanco, una especie que cuando empezó a estudiarla se pensó que era rara en las aguas de este país.

Dice Hoyos que cuando está sumergido en el estudio de los tiburones es consciente del distanciamiento entre la humanidad y la naturaleza. Un alejamiento que provoca la indiferencia ante la naturaleza. Pero ese sentimiento no debe ser ingenuo.

Hay que tener mucho respeto al trabajar con el tiburón blanco, previene. Me fascinan los tiburones, pero no hay que olvidar que uno tiene un lugar en la naturaleza y ese podría ser un eslabón más en la cadena alimenticia.

En el documental Grizzly Man (2005), del alemán Werner Herzog, se relata el conflicto de un hombre que no distingue límites entre su condición humana y la de los animales salvajes. Esa confusión le cuesta la vida. Hoyos considera que nunca debe perderse de vista esa delicada línea.

No le tengo miedo, sino respeto

Nunca hay que perder esa distancia ante un animal salvaje. Uno no le jala la cola a un perro de la calle. El tiburón es un depredador. No le tengo miedo, sino respeto.

Entender al tiburón blanco representó una renuncia. Gran parte de su vida la pasa en barcos y vive aislado meses en sitios lejanos, como la Isla de Guadalupe. En ese exilio por el conocimiento ha vivido también sus naufragios.

En 2009 un huracán lo dejó aislado, sólo en compañía de su capitán en la Isla Guadalupe. Sin comida ni posibilidad de abastecimiento, sobrevivieron 10 días comiendo arroz viejo.

Mucha gente se pregunta cuando nos ve cochinos, sin bañarnos, barbones y oliendo a pescado, por qué vivimos así. Si acaso ganamos mucho dinero. Pero no. Para mí generar esa información y proteger a esta especie es suficiente pago, dice con la convicción de un eremita.

De todas las renuncias, quizá la que parece más radical y melancólica fue vivir con una pareja –actualmente tiene la feliz compañía de una colega que lo acompaña en sus expediciones–. Las compañeras que lo intentaron en el pasado en algún momento no lograron soportar la ausencia.

Mi vida personal ha sido muy difícil, admite. Hace tiempo estuvo comprometido. A punto de casarse, lo llamó su prometida en plena expedición; ella le dijo que no podía más. Que lo mejor era terminar. El biólogo sufrió el abandono. En honor a ella bautizó a una hembra de tiburón blanco, especie a la que eligió dedicar su vida.

Fuente: La Jornada/Juan Manuel Vázquez

 

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